DELMIRA AGUSTIINI



En la calle hace frío, ha estado lloviendo. En la habitación, la mujer está en el suelo, en ropa interior. De su cabeza chorrea sangre. La sangre cae por la frente y desciende por una de las mejillas. En la mano sostiene una larga media de seda, como si la hubieran interrumpido cuando iba a ponérsela. Cerca de ella, está el hombre. Tiene un orificio a cada lado de la cabeza. El disparo le atravesó el cráneo. Agoniza, va a morir en poco tiempo. Él es Enrique Job Reyes, ex marido de la mujer que está muerta. Acaba de pegarle dos tiros por la espalda. Luego, se ha disparado en la sien. El hombre es Enrique Job Reyes, ex marido de la mujer muerta. La mujer es Delmira Agustina.


Están en Montevideo. Son los comienzos del siglo. La sociedad uruguaya es tradicionalista, prejuiciosa. Hay costumbres que deben respetarse. Ella es apasionada. Desea un hombre. Pero no tiene el atrevimiento de romper las reglas. Ella las acata. Adormece sus instintos. Los revela en sus poemas. A los que la conocen les resulta curioso que una jovencita modosa se exprese con esa riqueza erótica. Poemas que parecen ser una aceptación de los ensueños prohibidos que nunca se realizan. De todas formas, ella es intachable. Su novio, Enrique, la visita tres veces por semana. Por lo general, está la madre presente. Algunas veces, los novios se quedan solos. Es difícil creer que hagan otra cosa que darse unos besos o tocarse ligeramente. 


Él impresiona como serio y formal. Viéndolo, no resulta el hombre adecuado para una mujer que pretende amar apasionadamente. Ella debe ver en él lo que no existe, lo que ella imagina que es. Hubo dos ocasiones en las que pretendió romper las reglas. Cuando, estando solos en la casa, le pidió que se recostara con ella en la cama; y, al esperarlo, una noche, con una maleta, dispuesta a fugarse con él. Sus deseos sexuales la apremian. Pero él es alguien recatado. Nunca aceptaría propuestas como esas. Así, a ella no le queda otro camino que el casamiento.


El día del casamiento, Delmira ya es una poeta famosa. Rubén Darío la ha comparado con santa Teresa. La han llenado de elogios los escritores más importantes. Para todos, sigue siendo incomprensible cómo puede escribir versos de ese tono amoroso y erótico, siendo como es: una agradable, simpática y bien educada joven de un Montevideo de vida provinciana.
Ha ocurrido algo inesperado un año antes del casamiento. Delmira se ha enamorado de Manuel Ugarte, el escritor socialista argentino. Manuel es buen mozo, culto, elegante.  Es probable que Manuel sea mucho más que un amigo. El día anterior de la boda, Manuel se encuentra a solas con Delmira. Pasan un largo rato juntos. Manuel le regala su libro, “La novela de las horas y los días” y una foto autografiada. Hay razones para creer que son más que amigos. Sobre todo, por lo que ocurre el día del casamiento.
Delmira está a punto de casarse. La modista le acomoda el vestido. El cura espera. Los invitados están en el salón. Ella comienza a gritar y a llorar. Dice que no quiere casarse. La madre le responde que debe hacerlo. No es posible quedar mal frente a todos. Los gritos se filtran al salón de invitados. Juan Zorrilla de San Martín, uno de los padrinos está conversando, justamente, con Manuel Ugarte. Se aparta de él, se acerca al sacerdote. Le dice: “Cáselos pronto y bien; de modo que no puedan descasarse jamás”. El cura casa a Delmira y Enrique.
  

Los novios pasan la luna de miel en una casa de Pocitos. Se quedan a vivir un mes y medio en esa casa. Hasta que Delmira abandona a Enrique. Al llegar a la casa familiar, deja un bolso con algo de ropa, la foto de Manuel en un portarretrato y el libro “La novela de las horas y los días”. A su madre le dice: “Me harté de tanta vulgaridad”.
Sin llegar a dos meses de casada, inicia el trámite de divorcio. La ley de divorcio se aprobó recientemente, en el gobierno de Batlle y Ordoñez. Días después, ella le escribe a Manuel Ugarte diciéndole que él ha sido el tormento de su noche de bodas. Ugarte le elogia el gesto de libertad y, con elegancia, la rechaza.



Enrique deja Los Pocitos y alquila un cuarto en la casa del periodista Juan Manuel González. La casa está a seis cuadras de donde vive Delmira. Todos los días, la sigue, amenaza a algunos pretendientes. Delmira hace tiempo ha dejado de ser una joven delgada. Ahora se encuentra excedida de peso. Pero no han disminuido sus encantos y, mucho menos, sus apasionados deseos. Mostrando la razón de sus poemas, acepta la invitación de Enrique para ir a la habitación que alquila.
En el mes de junio de 1914, se decreta la separación. Hace meses que Delmira va no menos de tres veces por semana al cuarto de Enrique. Es extraño: No acepta ser la esposa pero sí la amante. Tal vez, no sea extraño. Simplemente, a ella la excita ser una amante. Es lo que siempre ha querido ser. Vivir un amor con pasión, fuera de lo permitido. En definitiva, ha sido una chica dócil. Ha hecho lo que correspondía en cada ocasión. O ha mantenido las apariencias de estar haciendo lo correcto. Claro, de alguna forma, su poesía la delata. Su poesía muestra su talento. Ella de verdad que tiene talento poético. Tiene juventud, energía, pasión. Pero está señalada por un sino trágico.



En la relación con Enrique,  él se muestra celoso, agresivo, hosco. La insulta, la trata de prostituta. Incluso delante de gente. Ella acepta. Sigue escribiéndole a Ugarte. Sigue dando motivos para que se sospeche que, además de Enrique, hay otro hombre. No es la clase de mujer que tenga un solo hombre en la vida. Antes de Enrique, fue novia de Amancio Sollers. No se conoce a otro. Solo se sospecha. Lo que se ha visto durante años es a una jovencita con facilidad asombrosa para la música y la poesía. De ojos sugerentes, casi etérea en sus movimientos. Impecable en su conducta. Pero escribe versos de una sensualidad que ninguna mujer ha escrito, hasta entonces, en lengua castellana. ¿Cuál es la verdad de Delmira? ¿Sus versos son fantasías? ¿Son descripciones de lo que, en la realidad le pasa?  



El 23 de junio de 1914, Delmira y Ernesto quedan legalmente divorciados. Falta poco para que empiece la primera guerra mundial.  A pesar de la sentencia, ella lo sigue visitando. Quizás, se sienta mucho más libre y esto la desinhiba más. A lo mejor, ha decidido terminar su relación con Ernesto. A su madre le dice: "Hoy todo quedará resuelto". 
El 6 de julio, entra a la habitación como siempre. En la habitación hay muchas fotografías de ella. Enrique las ha puesto ahí. Ella parece ser su obsesión. Esa tarde, es probable que él realice algún acto que llame la atención. Tal vez, no y se limite a comportarse de acuerdo a lo que se espera de él.
Los amantes se besan, se desnudan. Luego, conversan o discuten. Empiezan a vestirse. Delmira se sienta en la cama. Está a punto de ponerse una media.
A los 27 años, le pegan dos tiros.