JACKELINE KENNEDY Y ARISTÓTELES ONASSIS



Cinco años antes del 20 de octubre de 1968, habían matado a su marido, el presidente de Estados Unidos, John Fitzgerald Kennedy. Ella estaba a su lado y, aterrorizada, se tiraba sobre la parte trasera de la limusina para evitar las balas. Su actitud no fue bien vista. La gente imaginaba que esa relación matrimonial, que se presentaba al mundo como ideal, hubiera justificado que ella se arrojara sobre su esposo cubriéndolo de las balas. Pero el matrimonio ideal no era más que una escenografía montada para cubrir infidelidades y desamor. Tampoco era ella una Clara Petaci. Apenas era Jacqueline Bouvier, una mujer muy bien educada para conseguir maridos con dinero. Es lo que estaba haciendo ese 20 de octubre: casarse con el hombre más rico del mundo, el turco-griego Aristóteles Onassis. 


La gente que la había admirado como la esposa, madre ejemplar, sufrida viuda, la bella siempre elegante y que parecía envuelta en una nube de glamour, no podía entender que se casara con un tipo feo y mucho más bajo que ella, que iba de cabaret en cabaret, de fiesta a fiesta, gastando su dinero en bebida y mujeres. La gente, simplemente, había creído en la imagen que los publicistas difundieron en diarios, revistas y televisión: la de una Jackie eternamente enamorada de John y que llevaba la viudez con majestuosidad. A nadie se le ocurría imaginarla como una simple buscona de poder y dinero. A Onassis sí. De modo que fue tras la presa como el coleccionista dispuesto a pagar lo que sea para obtener la obra que colgará en la pared. 


Las relaciones de Jackie con la familia Kennedy nunca fueron demasiado buenas y habían empeorado después de los asesinatos de John y Robert. Por supuesto que ella había tenido algunos romances, siendo primera dama y después, pero en su vida no aparecía el hombre adecuado. Cuando Onassis le propuso un ventajoso contrato en el que ella heredaría la tercera parte de su fortuna si él moría y la posibilidad de gastar en ropas, joyas y perfumes sin ningún límite, Jackie comprendió de inmediato que el hombre había aparecido. 
Los publicistas encargados de su imagen pública no encontraban la forma de justificar el matrimonio. Había que cubrir que Jackie no era lo que la gente común pensaba y que se trataba de una cazafortunas. El ingenio que suelen tener los vendedores de imágenes los hizo inventar una historia que la presentaba como madre ante todo. La razón por la que se casaba era salvar la vida de sus hijos. Un hombre como Onassis podía darle esa protección. Ella, la madre cuidando de sus cachorros como una leona, estaba dispuesta a sacrificarse para evitar el asesinato de John-John y Carolina, que, sin dudas, serían las próximas víctimas después de los asesinatos de su padre y de su tío. Seguramente, alguien debió creer en esto. Siempre hay quienes creen en todo lo que ven por televisión o en lo que publican los periódicos. 


Jackie logró lo que buscaba: mucho dinero. Sus gastos eran extraordinarios. Al comienzo, orgulloso de su trofeo, Onassis le daba todos los gustos. Como mandar todos los días un avión en un viaje de tres horas para comprar el pan que a Jackie le gustaba comer en el desayuno y que no había en la isla de Skorpios, propiedad privada de Onassis. Luego, empezó a notar que, realmente, Jackie había tomado muy en serio eso de poder gastar sin límites. Sus recorridas por las casas de moda europeas acababan en compras millonarias en dólares. Mientras tanto, John y Carolina, los hijos de Jackie, se quedaban con Onassis y paseaban con él y su hijo Alejandro. Algunas veces, Jackie interrumpía sus peleas con Cristina, la hija de Onassis, y se encontraba con su marido. Pero Onassis empezaba a ponerse de mal humor. Y si algo no tenía era ser tonto. Por lo demás, había hecho demasiadas cosas en su vida como para preocuparse del qué dirán. No era un Kennedy que tenía que vivir con hipocresía. Había obtenido dos cosas con su casamiento: la viuda, un verdadero triunfo para cualquier competidor entre los que compiten en mostrar quién tiene más, y el ingreso en sectores comerciales estadounidenses que su matrimonio con la ex primera dama le facilitó. Es decir; Jackie había hecho un buen negocio y Onassis, uno mejor que el de ella. 


El padre de Aristóteles Onassis, Sócrates, se dedicaba a vender tabaco. Con eso había hecho bastante dinero. Sin embargo, perdió todo cuando Turquía recuperó unos territorios que les habían quitado los griegos. "Ari" había nacido en Esmirna, cuando había sido anexionada a Grecia, y tenía espíritu suficiente para arreglarse solo. Se fue de Grecia y llegó a Uruguay y, poco después, a Argentina. Trabajó un corto tiempo como empleado y se dedicó a vender cigarrillos turcos por la calle. Eran los años veinte y, en ciertos sectores, esa clase de cigarrillos resultaban sofisticados. ""Ari" se compró un buen traje y fue adonde iban los ricos. Muy rápido se hizo de un par de amistades interesantes y comenzó su carrera de magnate que jamás declinaría. Con dinero ajeno, según su precepto de que los grandes negocios se hacen con plata prestada, compró algunos barcos viejos de la armada estadounidense. Además, con bastante astucia, se le ocurrió conquistar a Athina Mary Livianos, rica heredera de una familia de navieros. Con ella tendría a sus hijos Alejandro y Cristina y, más adelante, al no precisarla más, se la sacaría de encima. Con este buen matrimonio, formó  una de las flotas mercantes más grandes del mundo superando a la de su enemigo de siempre: el naviero griego Niarchos, dedicado al transporte de aceite, según decían. 
Onassis era el prototipo de millonario que todos querían ser. Tenía mucho dinero, demasiado, pero no perdía el tiempo estudiando la bolsa, lo empleaba en toda clase de diversiones que incluyeran a las mujeres y al alcohol. Era difícil que tuviera una noche de descanso. Todas estaban ocupadas por sus visitas a los cabarets y sus fastuosas fiestas en alguno de sus yates. Las mujeres nunca se le resistían. Siempre fue un hombre práctico. Sacaba su chequera y, viendo la cifra que escribía, cualquier mujer estaba de acuerdo en hacerle compañía durante una noche. Solamente a una pareció no importarle su dinero ni su poder: a María Callas.


Aristóteles conoció a María Callas en un baile de máscaras en Venecia, en 1957. Ella era la cantante lírica más famosa del mundo y estaba casada con Giovanni Meneghini, un rico industrial. María se caracterizaba por su fuerte personalidad, sus caprichos y la belleza de una voz muy particular con la que podía cantar en un perfecto italiano, alemán o francés. Había nacido en Estados Unidos y era de ascendencia griega. No era la mujer que se conforma con ser la amante. De modo que, Aristóteles se separó y ella hizo lo mismo. En 1959, mantenían un romance al que todo el mundo seguía paso a paso. María quedó embarazada, tuvo un hijo pero el niño murió pocos días después de nacer. Esto y sus terribles peleas con Aristóteles golpearon en su voz. La fue perdiendo. Nada peor podía pasarle para profundizar las depresiones en las que caía. Parte de su sueño se había roto al perder a su hijo y no conseguía que Onassis se casara con ella. Sin duda alguna, estaba muy enamorada de él y ambos vivían unos de esos grandes amores que siempre terminan mal. 
Se mantuvieron juntos, con algunas separaciones, hasta que Onassis apareció con su nueva esposa, nada menos que Jacqueline Kennedy. Un golpe duro para la diva. Nunca se lo perdonaría.


En los primeros años de la década del setenta, Onassis se hartó de Jacqueline. Demoró un poco y se la sacó de encima. Ella se aferró al dinero reclamando su parte antes de conceder el divorcio. Mientras tanto, Aristóteles sufriría dos hechos muy graves para él. Nada que el dinero pudiera solucionar. Trató de recuperar a María Callas pero ella ya había dado su opinión al respecto: jamás le perdonaría su casamiento con Jackie. Lo rechazó. Mientras él no se dejaba vencer tan fácil e intentaba conquistarla nuevamente, su hijo Alejandro murió a los veintitrés años. La muerte de Alejandro lo hundió en una depresión honda. Descuidó sus negocios y estuvo a punto de perder la mayor parte de su fortuna. En 1975, con sesenta y nueve años, Onassis murió. Dos años después, en 1977, a los cincuenta y tres, María Callas también moría. Nunca se supo con certeza la causa de su muerte. La más probable: el suicidio.
La doble viuda, ya que no había llegado a divorciarse cuando Onassis murió, se mostró menos compungida que con su primer esposo. No tenía nada que cuidar. La imagen de buena y fiel esposa que lamenta la pérdida del marido no la hubiera creído nadie. Jackie se dedicó a envejecer con glamour, como le gusta a las revistas que fotografían a la gente adinerada, acostarse con algunos hombres, incluido Frank Sinatra, y tener de amante permanente a Maurice Tempelsman, obviamente, millonario comerciante belga de diamantes. Duró bastante con él. Hasta su muerte, en 1994. Le faltaba poco para cumplir sesenta y cinco años. Había conseguido bastante. Durante más de dos décadas fue permanente noticia, la admiraron, la imitaron, ganó mucho dinero, se casó con el hombre más rico del mundo y pasó a la historia, inmortalizada en el film que muestra el momento en que se despega del asiento de una limusina y quiere saltar por la parte de atrás mientras su marido, el presidente de Estados Unidos, recibe unos balazos.