LAS MUJERES DE STALIN



Nadezhda Allilúyeva era una de esas mujeres que tienen a su hombre como el centro de sus vidas. En el caso de Nadezhda había alguna justificación. Estaba casada con Stalin. No solamente ella sino toda la Unión Soviética giraba en torno a él. Claro, a diferencia del resto, Nadezhda convivía con Stalin. De modo que en su casa tenía a un hombre tan poderoso que una sola palabra suya podía acabar con la vida de cientos de miles de personas. No debía ser sencillo vivir con alguien acostumbrado a ser adorado por millones de ciudadanos y a no recibir una sola crítica cara a cara de nadie. Sin embargo, Nadezhda no era una obsecuente como todos. Para ella, ese tipo era su marido. Un marido que trabajaba de dictador.





Cuando se casó con él, a los 18 años, en 1919, Lenin estaba en el poder y Stalin era uno de los líderes de la revolución bolchevique, uno muy hábil, enérgico e influyente. Tuvieron un hijo y una hija a los que Nadezhda no les prestaba demasiada atención. A ella solamente le importaba su hombre. Tuvo la mala suerte de casarse con un tipo al que le gustaban demasiado las mujeres. Así que tenía aventuras amorosas con actrices, cantantes, esposas o hijas de jerarcas. Nadezhda hacía lo mismo que todas las esposas celosas: gritaba, golpeaba las puertas, rompía lo que encontraba a mano. Él respondía gritando más fuerte y de esta manera pasaban una buena parte del tiempo peleándose a los gritos y, quizás, hasta con algunos golpes tirados por ella. 
Nadezhda padecía de una enfermedad mental, trastorno bipolar, que le provocaba constantes y exagerados cambios de ánimo. A medida que pasó el tiempo, su obsesión por controlar a su marido aumentó hasta límites insostenibles. Trece años después de su casamiento, en 1932, Nadezhda no soportó que su marido se acostara con una actriz muy joven. Hizo un escándalo. Lo insultó, se encerró en su habitación. Se pegó un tiro. 
O Stalin se hartó de ella y le dio un balazo. Por las condiciones psíquicas en que se encontraba. seguramente Nadezhda se suicidó. De todos modos, el certificado de defunción daba como causa de muerte una perintonitis. 
Como sea, después del incidente, la vida social de Stalin se retrajo, se mantuvo distante de reuniones sociales y aminoró sus embates de seductor. Era la segunda esposa que perdía. 


Yekaterina Svanidze había nacido en Georgia, como Iosif Stalin. Todos le decía Katia y estaba muy enamorada del que sería su marido. Casualmente, se llamaba como su suegra. No era una chica pobre. Más bien formaba parte de una familia acomodada. Estudió en Alemania y hablaba a la perfección el alemán y francés. Con sus hermanas, Aleksandra y Marikó, pusieron un taller de costura en Tiflis, una ciudad ubicada en las orillas del río Kurá. Tuvieron bastante éxito haciendo ropa para el ejército ruso. 
Yekaterina tenía 23 años cuando se casó en 1903. Su marido, Iosif Dzhugashvili, que pasaría a la historia por su nombre revolucionario de Stalin, había cumplido 25. 



Cuando Iosif nació, dos dedos de su pie estaban unidos por una membrana y creció siendo un niño bastante frágil al que le gustaban la música y las flores. Su padre tenía un taller y ganaba buen dinero pero le gustaba el vino y el vodka. Se convirtió en un borracho, el taller quedó en ruinas, y se dedicó a darles palizas a su mujer y a su hijo. Como pudo, el chico salió adelante: mientras su madre trabajaba como lavandera, él se dedicó a estudiar seriamente y a leer todos los libros que encontraba. En el futuro, escribiría varios. Ingresó a un seminario religioso porque era el único lugar donde podía continuar sus estudios. Fue el mejor alumno de su clase y se dedicó a cantar en el coro. Su madre quiso que se hiciera sacerdote pero él se negó. No había nacido para eso, aunque le sirvió para completar su formación.
Cuando conoció a Yekaterina, había dejado de ser un niño enfermizo y débil y se había convertido en un joven duro que no se quejaba de nada que le fuera adverso. Simplemente, lo enfrentaba y seguía adelante. Pero el destino es demasiado para cualquiera y, para él, tenía decidido otra vida. 
En 1907, apenas cuatro años después del casamiento, Yekaterina murió de tifus. A Iosif el golpe de esta muerte le dolió mucho más que los que recibidos de su padre. Dijo que nunca podría amar a nadie como amó a Yekaterina y que su corazón quedaba cerrado para siempre. 



Con Yekaterina, tuvo un hijo, Yákov Dzhugashvili. El niño era un bebé de nueve meses al morir su madre. Iosif lo llevó a Tiflis y lo dejó al cuidado de una tía. Con los años, Yákov tuvo algunos intentos de suicidio a causa de sus penurias amorosas. Al ser capturado por los alemanes en la segunda guerra mundial, fue llevado a un campo de concentración. Los alemanes lo disfrazaron con el uniforme de su ejército, lo fotografiaron e hicieron propaganda con él. Yákov se sintió muy deprimido y, en lo que se puede considerar una manera de suicidarse, corrió hacia las alambradas. Los guardias lo ametrallaron. 




Vasili, el hijo de Stalin y su segunda esposa, Nadezhda, tuvo una infancia en la que llamó la atención por dos cosas: sus bromas y sus pésimas notas en la escuela. Con el tiempo, se convirtió en un alto oficial del ejército, se casó, tuvo hijos, y, como era de esperarse, a la muerte de su padre y la desestalinización, se le acusó de traidor. Fue detenido y, al salir de la cárcel, aumentó su alcoholismo. Recién después de muerto, se probó que las acusaciones en su contra eran falsas.



Svetlana fue, entre los demás hijos, incluido Artem, un hijo adoptivo, la que mayor atención logró de su padre y la que tuvo la vida más interesante, con amores intensos, cuatro matrimonios, hijos, libros escritos, y una inclinación a cierto misticismo. Un día se escapó de la Unión Soviética y se fue a vivir a Estados Unidos. Fue una gran sorpresa. Para los soviéticos y para lo estadounidenses. Después, se dedicó a lo que más le interesaba: enamorarse. Eso sí, siempre de tipos que pudieran desagradar a su padre.